Seattle se ha llevado el anillo, pero el gran ganador emocional de esta Super Bowl LX en el Levi’s Stadium ha sido Bad Bunny, que convirtió el descanso en un manifiesto cultural en prime time mundial. Los Seahawks dominaron a los Patriots desde el primer cuarto y se llevaron el título con un 29-13 que hizo justicia a su defensa y a un ataque muy serio, en un partido que se sintió como la victoria del equipo del pueblo frente a la maquinaria histórica de New England.
Mientras en el césped se resolvía la NFL, en las gradas y en los salones de medio planeta lo que se comentaba no era solo el resultado, sino lo que se estaba contando desde el escenario. Porque Bad Bunny no solo dio un concierto, sino que presentó un relato visual y político sobre qué significa hoy “América”. Y quién tiene permiso para ocupar el centro del mayor escaparate deportivo del mundo. Y ahí, entre touchdowns, luces y anuncios millonarios, la Super Bowl volvió a demostrar que es mucho más que un partido.
El mensaje de Bad Bunny en la Super Bowl
La actuación de Bad Bunny fue una declaración en castellano puro y duro, con un show íntegramente en español que hizo que muchos espectadores angloparlantes sintieran que por una vez el foco no estaba puesto en ellos. El escenario convertido en cañaveral, con jornaleros, vendedores ambulantes, abuelos jugando al dominó y trabajadoras de salón de uñas, resultó ser una postal directa de la América latina que suele quedar fuera de los grandes relatos televisivos.
Al final, con la bandera de Puerto Rico en alto y un balón con el lema “Together, we are America”, el mensaje era clarísimo: el sueño americano no habla solo inglés y no cabe en una frontera. Por lo que como espectador me pareció valiente, incómodo para algunos, pero necesario.
Orgullo latino en el horario estelar de la Super Bowl
Bad Bunny no se limitó a cantar hits y bailar, sino que construyó un homenaje a los oficios invisibles y a las comunidades migrantes que sostienen buena parte de la economía estadounidense. La ambientación de campo de caña, las referencias al trabajo duro y las escenas cotidianas de barrio fueron más potentes que cualquier discurso explícito, porque hablaban de identidad desde lo cotidiano.

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La polémica, parte del guión no escrito
Esa misma apuesta generó una ola de críticas furibundas desde sectores conservadores, que acusaron al show de polémico, “degenerado” y poco patriótico por usar solo español y cargar el show de símbolos políticos. Algunos comentaristas y figuras públicas lamentaron que el “momento más americano de la televisión” no fuera en inglés y que la actuación no encajara con su idea tradicional de espectáculo familiar.
Considero que esa incomodidad evidencia precisamente la necesidad de un espectáculo como este, ya que si la diversidad causa molestia es señal de que aún no se ha normalizado. Y la Super Bowl siempre ha sido política, solo que ahora el foco ha cambiado de lado.
El otro gran juego en la Super Bowl: los anuncios
Si el descanso es un escenario para artistas, también es el Olimpo de los anunciantes, con spots que superan los 8 millones de dólares por 30 segundos y que se diseñan durante meses para entrar en la conversación global. Este año, el primer anunciante que se coló tras el pitido que daba paso al descanso fue Amazon, con un anuncio de su nuevo sistema Alexa+ protagonizado por Chris Hemsworth y centrado en el potencial (y las meteduras de pata) de la inteligencia artificial en casa.
A partir de ahí desfilaron gigantes de comida rápida, snacks, coches y tecnología, todos peleando por ese GIF, esa frase o ese cameo que hará que se hable de ellos al día siguiente, así que al final el descanso es un campo de batalla publicitario tan intenso como el deportivo.
Ocio digital en el gran circo publicitario de la Super Bowl
En ese ecosistema de marcas también se empiezan a ver con más fuerza logos y campañas de las mejores casas de apuestas, que aprovechan la Super Bowl como puerta de entrada a un público masivo que ya vive el deporte con la apuesta en la mano. No es raro ver promociones de apuestas gratis ligadas al primer touchdown, combinadas especiales para el resultado exacto o incluso sorteos conectados al show del descanso, integrando el juego online en la narrativa de la noche sin que se note demasiado forzado.
Desde mi punto de vista la clave está en cómo se cuentan esas promociones, porque cuando el mensaje se centra en la emoción y en el entretenimiento responsable encaja de forma natural en la experiencia, aunque cuando solo se percibe como empuje agresivo al juego chirría.
El impacto de la Super Bowl en redes y en la calle
La mañana siguiente al partido los timelines hablaban tanto del pick-six de la defensa de Seattle como del “Together, we are America” final de Bad Bunny y de los anuncios más locos de la noche. Clips del cañaveral, memes sobre los comentarios de los políticos ofendidos y rankings de los mejores spots inundaron X, TikTok e Instagram, convirtiendo la Super Bowl en una especie de festival de contenido infinito más que en un simple partido. En la calle el debate se dividía entre quienes veían el show como un golpe necesario de realidad multicultural y quienes lo considerían un exceso de mensaje en un espacio que preferirían neutro, así que para mí ese ruido es síntoma de salud cultural, ya que una sociedad que discute lo que ve en su mayor pantalla está viva.
Bad Bunny más allá del fútbol
Lo interesante es que buena parte de la gente que comentó el descanso ni siquiera sigue la NFL, pero sí sigue a Bad Bunny, y eso habla de cómo la música y la cultura pop arrastran audiencias a territorios que antes les eran ajenos. La Super Bowl se convierte así en un puente: los fans del artista se asoman al fútbol americano y los fans del fútbol se exponen a un imaginario latino que quizá no tenían tan presente.

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Desde mi visión ese cruce de públicos es oro para marcas, ligas y plataformas de streaming, que encuentran ahí el perfecto laboratorio para probar nuevas formas de contar historias y vender productos.
El papel en la Super Bowl del “equipo del pueblo”
La victoria de Seattle frente a los todopoderosos Patriots reforzó la narrativa del “equipo del pueblo” que desafía a los poderosos, algo que siempre conecta muy bien con el espectador neutral. No es lo mismo ver levantar el Lombardi a una dinastía más que a una franquicia que muchos perciben como menos glamourosa pero más cercana, con una defensa obrera y un ataque sin tantas estrellas mediáticas. Ese contraste entre el glamour del show de Bad Bunny y la dureza casi azul-collar del juego de los Seahawks dejaba una sensación curiosa, porque en el césped ganaban los que trabajan en la sombra y en el escenario los que han peleado por poner su cultura bajo los focos, así que narrativamente todo encaja.
Super Bowl, identidad y negocio
Al final esta Super Bowl LX ha sido un resumen perfecto de hacia dónde va el espectáculo deportivo: un híbrido entre identidad, negocio y conversación social permanente. La NFL consigue un producto que trasciende al aficionado hardcore y atrapa a quien llega por la música, por los anuncios o simplemente por no quedarse fuera del meme del día.
Personalmente salgo de esta edición con sensaciones encontradas pero positivas, ya que me preocupa hasta qué punto el ruido comercial puede comerse al deporte, pero me entusiasma ver cómo voces como la de Bad Bunny utilizan ese escenario para reivindicar otras formas de ser “América”, y mientras el balón siga volando y el debate siga encendido la Super Bowl seguirá siendo el gran ritual laico donde se juega mucho más que un título.














